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Franco Torchia: “Los de Macri fueron cuatro años absolutamente olvidables en materia de diversidad”

Franco Torchia

La lengua es de quien la trabaja, la calle para aquel que la camina, pero ¿la cultura gay? ¿Es de quién la masifica? ¿De quién la repiensa? ¿De quien la impugna?

Franco Torchia (43 años) viene haciendo todo eso desde comienzos de siglo, primero ejerciendo una crueldad paródica que no discriminaba según el género o la orientación en el recordado programa de citas Cupido; luego, como panelista en programas de espectáculo y actualidad combinando inteligencia ilustrada con una lengua viperina que en ocasiones viraba a la indignación ciudadana (una transgresión para el personaje dandy que parecía interpretar); y finalmente como conductor del programa de radio No se puede vivir del amor, centrado en la comunidad LGBT, que ha convertido a Torchia en uno de los principales referentes en cuestiones de diversidad de la Argentina (la fórmula Fernando Peña + Foucault es groseramente hiperbólica y simplista pero ayuda a entender el espíritu del programa, donde convive el academicismo activista con el humor maricón).

Como resumen de esos seis años de programa, acaba de publicarse Orgullo y barullo (IndieLibros, 2019), una compilación de entrevistas que Torchia realizó al aire a distintos pensadores en cuestiones de género y sexualidad y que van desde la ahora inescapable Rita Segato y la activista travesti Marlene Wayar hasta Ernesto Meccia con sus reflexiones sobre el erotismo gay en personas mayores.

Con motivo de la aparición de este libro (solo en formato e-book, por el momento), Torchia habló con Infobae Cultura sobre los desafíos de hacer un programa de divulgación LGBTQ, los riesgos de erigirse como un árbitro moral, y si hay algo que extraña de su anterior vida como bisexual (adelanto: no extraña nada).

"Orgullo y barullo" (IndieLibros), de Franco Torchia
"Orgullo y barullo" (IndieLibros), de Franco Torchia

— Hablemos primero del origen de este libro. ¿Cómo surge?

— IndieLibros me propuso hacer algo con ellos y esto me pareció lo más interesante. Me gustaba la idea de sacar un libro con un sello digital por varias razones: de esa manera el precio es bajo, especialmente considerando que es algo ligado a un proyecto de la radio pública. También porque de esta forma se puede distribuir fácil y rápidamente, y el programa tiene oyentes en muchos países: Uruguay, Chile, hasta en Cuba. Y la accesibilidad me parecía clave para un libro como éste, que es esencialmente de divulgación.

— ¿Por qué elegiste comenzar el libro con el reportaje a Rita Sagato? ¿Qué relevancia tiene para vos su figura?

— Me siento totalmente determinado por su obra, por su palabra. Y elegí ese reportaje porque cuando Rita vino al programa, en septiembre de 2015, la primera movilización del Ni Una Menos recién había sucedido y ella, más allá de haber sido entrevistada antes por Página/12 y radios independientes, no era una persona muy conocida en Argentina. Entonces el audio de ese reportaje tuvo mucha repercusión en ese momento, se viralizó en redes sociales y llegó a oyentes que seguían el programa. Fue una noche inolvidable y, modestamente, siento que No se puede vivir del amor ayudó a la propagación de la obra de Rita.

— Y ahora hasta es citada por Moria Casán.

— Exacto, sí.

—De todos modos, en el libro también hay entrevistas con figuras cuya obra es ampliamente reconocida hace años, como Eva Giberti.

—Es la última nota que dio Eva Giberti hasta donde tengo registro, antes que cumpla 90 años. Ella sigue entre nosotros, por supuesto, y sigue produciendo. Es la figura del psicoanálisis en la Argentina más importante, en mi opinión, la más importante del siglo XX y de lo que lleva el siglo XXI. Ella fue especialmente generosa conmigo, me recibió en su casa y estuvimos casi una tarde entera dialogando. Hay cosas incluso de esa entrevista que no salieron por espacio y porque acordamos con Eva que no estén. Por ejemplo, en ese momento me acuerdo de algunas disquisiciones sobre la figura de Abel Albino, que por aquellos meses tenía bastante protagonismo, lamentablemente.

—¿No se puede vivir de amor es el reverso de Cupido, el programa de citas con el que te hiciste conocido? ¿Renegás del amor romántico?

— Desde ese punto creo que hay una conexión. Porque Cupido bien mirado, es decir, no cortado por Televisión Registrada, tiene que ver con un personaje, el mío, que de ningún modo cree en el amor romántico. Y ése era el chiste. Después creo que se malinterpretó bastante, hasta el punto de dejarme afónico, porque es algo que he intentado explicar muchas veces pero en vano. Diego Gvirtz levantaba al muchacho de labio leporino o mirada con estrabismo, pero esa era su crueldad, la crueldad de Gvritz, porque al programa venían todo tipo de personas. Pero volviendo a tu pregunta, sí, yo veo una continuidad entre Cupido y No se puede vivir del amor, primero y principal porque Cupido fue el primer programa que unió a una pareja gay en la televisión argentina en el año 2002. Esto nunca había ocurrido, Roberto Galán se había muerto sin lograrlo. Y nosotros lo logramos en marzo del 2002 y el programa está en YouTube entero.

—Varios años después el programa regresó por TBS y todas las parejas que pasaron eran heterosexuales. ¿No te molestó eso?

— Sí, imaginate, yo hice el primer Cupido gay, y después de ese primer Cupido del 2002, con el COMFER en contra, perseguido por la Iglesia Católica, me sentí muy amenazado pero orgulloso de esa situación. Después, cuando el programa regresó, por una decisión de la empresa Turner solo querían que aparecieran parejas heterosexuales. Y estamos hablando del 2012. Por supuesto que no compartí esa determinación, pero no tuve capacidad de reacción. Mejor dicho, no tuve capacidad de maniobra, porque yo ya había firmado el contrato. Lo podría haber rescindido, es cierto, no lo hice. Fue un momento muy agrio para mí, pero está bien que me lo preguntes.

— ¿Sentís que poner la vara tan alta para todos siempre te perjudica?

—A veces lo pienso, sí. Trabajo con un parámetro ético que es muy alto y eso me puede volver a veces muy altisonante.

— ¿Te han dicho alguna vez: “Franco, parece que estás hablando como desde un púlpito, bajá”?

— A veces. Pero en general son opiniones de personas que no me conocen.

—¿A qué obedece que te veamos seguido como panelista en la TV abierta? ¿Es una necesidad económica, un deseo de infiltrarte en los medios masivos…?

—Bueno, ahora ya no hago nada de eso, trabajo en el programa de radio y colaboro en el suplemento Soy y nada más. Dejé de trabajar en televisión en mayo.

—Ok. Pero has estado en muchas programas que, a primera vista, no parecerían tener mucho que ver con vos. Programas “frívolos”.

—Creo que durante mucho tiempo fui bastante iluso y creí que siendo lúdico como soy a veces podía llegar a hablar de otras cosas. Pero ya no siento posible siquiera la infiltración en los medios masivos. También sucede que yo soy un chico, hijo de un inmigrante italiano, que llegó muerto de hambre, y yo fui criado para no elegir, fui criado para trabajar de lo que sea, cuando sea, como sea. Entonces si tenía que trabajar en un programa de chimentos, bueno, lo hacía. Hice muchas cosas que hubiera querido no hacer. Pero ahora quiero enfocarme en otras cosas.

—¿Qué te interesa ahora?

—Ahora estoy trabajando todos los días para que el periodismo especializado en diversidad sexual sea reconocido como es reconocido el periodismo especializado en turf o como el periodismo especializado en economía. No ocurre esto en la Argentina.

—¿Por qué te parece que ocurre eso? ¿Por homofobia, porque no le encuentran el filo comercial…?

—Bueno, está claro que las marcas no acompañan a la diversidad en Argentina. Esto lo digo hace mucho tiempo y es muy importante dejarlo en claro. Por lo cual hablar de pinkwashing en la Argentina es bastante ridículo. Es decir, lo que ocurre en otras partes del mundo no ocurre en la Argentina, el sector privado no acompaña. Quizás sí hacia el interior de determinadas empresas, a través de los departamentos de recursos humanos que tienen a veces algunos programas. Pero me refiero hacia afuera. En términos de publicidad o financiación de proyectos concretos.

—¿Qué balance hacés de estos cuatro años de Macri con respecto a políticas públicas para la comunidad LGBT?

—Si tu pregunta es sobre el gobierno puntual de Mauricio Macri, quiero decir que gracias a la ya mencionada Rita Segato y a un montón de personas muy formadas y muy importantes para mí, pude aprender a leer las disidencias, a interpretar los movimientos sociales, incluso a oír las demandas por fuera de los Estados. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que hay efervescencias que se suscitan independientemente de las respuestas de determinadas gestiones. Por lo que va a ser histórico que estos cuatro años hayan sido cuatro años de muchísimas asociaciones de infinitas estrategias de organización social a este nivel, con respecto a feminismos, a la diversidad, a las disidencias sexuales, corporales, ambientales, y que eso no haya tenido una sola traducción o una sola respuesta en términos de ley.

—¿Esperabas algo diferente, algo mejor?

—No, no. Mirá, yo fui el autor de la investigación sobre cómo María Eugenia Vidal cajoneó y no implementó la ley de cupo laboral trans de la provincia de Buenos Aires. Es decir, ahí tenés un caso concreto de una gestora en el mayor cargo del Poder Ejecutivo de la provincia de Buenos Aires, de una persona que conscientemente no implementó una ley que había sido sancionada por la Legislatura. Y está terminando su gobernación habiendo violado ostensiblemente el Estado de derecho sin que pase nada. Eso no existió para el peronismo. A María Eugenia Vidal la entrevistan ad infinitum durante la campaña. No hubo ni un solo periodista de ningún medio que le haya preguntado por esto. Pero te respondo, mis expectativas eran bajísimas y aun así fueron incumplidas. Fueron cuatro años absolutamente olvidables en materia de diversidad.

—¿Tenés esperanzas que con Alberto Fernández las cosas vayan a ser mejores?

— No. Pero igual acá tenemos que intentar romper los límites de nuestra propia cueva sin tratar de inmediato entrar en otra cueva. Quiero decir, la comunidad LGBT no le interesa a ninguna formación política. Podrá interesarle la diversidad sexual a determinadas figuras concretas un poco más o un poco menos, pero no forma parte de las agendas, no está en los programas de gobierno, si es que hay programas de gobierno…

—Volvamos al libro y a tu programa. Decime algún personaje que te gustaría entrevistar y todavía no pudiste.

— Me gustaría muchísimo entrevistar a Judith Butler y a Paul Preciado, dos de las figuras de la filosofía más gravitantes en el mundo occidental, en mi opinión. Butler vino a la Argentina varias veces pero siempre es tan entrevistada que pierdo el interés, porque sabés que cuando hable con vos va a estar cansada y va a decir lo mismo que dijo en las otras notas. Además, como lo digo al comienzo del libro, para mí hacer un programa sobre disidencias es intentar también ser disidente en la comunicación, y eso significa también no hacer lo mismo que están haciendo los demás.

— De todas formas, una de las cosas que siempre me llamaron la atención de tus reportajes es que aunque la persona que entrevistás sea híper conocida, vos lográs sacarle algo nuevo. Pienso en tu entrevista con Carlos Menem.

— Bueno, la entrevista de Menem está englobada en unos de los aspectos que me interesa trabajar en el programa, que es el de repensar la historia, poner el ojo en la historia de la diversidad. Y a mí Menem me interesaba porque me resultaba un enigma: la apertura del INADI fue durante su gobierno; Menem también le dio personería jurídica a la Comunidad Homosexual Argentina. Es decir, tuvo un gesto político de reconocimiento institucional en ese momento. Igual, obviamente, más allá de lo que yo había preparado, cuando fui a verlo terminó hablando de lo que él quiso (risas). Algo parecido nos pasó con Héctor Aguer. Que era una figura conocida pero que cuando hice la nota fui decidido a entrevistarlo con un abordaje diferente.

—¿Cuál era?

—Dejarme humillar, dejarme maltratar, dejarme amedrentar por él por completo, porque cada cosa que decía implicaba una violencia específica contra mí y contra toda la población LGBT. Sin embargo, me sobrepuse y dije “Dejémoslo hablar porque será dejándolo hablar que finalmente lo van a destituir”. Y bueno, al poco tiempo fue destituido.

— ¿Cuál es la diferencia entre eso y darle plataforma a alguien para que promocione su discurso de odio, como vos te has quejado en algunas oportunidades? ¿La intención final? ¿El nivel de confrontación?

— En ese caso yo fui a entrevistar a Aguer porque quería que fuese destituido. Por eso lo dejé hablar. Tenía dos chances, o me hacía el Michael Moore y actuaba de indignado o lo dejaba hablar. Lo dejamos hablar y de esta manera llegamos a El País de España con una página entera que reproducía sus dichos criminales. Pero no hay un método ideal con este tipo de invitados. Lo que sí quiero dejar en claro que lo que yo propongo no es una suerte de censura previa. Pero también me parece obvio que tenemos que hacernos cargo de las situaciones periodísticas que creamos, porque la repetición de cierto tipo de invitados con expresiones que vulneran derechos puede parecerse mucho a la apología.

— Hablando de situaciones incómodas, quiero preguntarte por tu anterior vida como heterosexual, o bisexual para terminar el reportaje. ¿Hay algo que extrañes de la heterosexualidad?

— No (risas). La heterosexualidad es un régimen político insostenible. ¿Cómo podría extrañar eso?

*Franco Torchia presenta Orgullo y barullo el próximo miércoles 20 de noviembre a las 17:45 hs. en la Biblioteca de la Legislatura de CABA, Perú 160.

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A continuación, la charla:—¿Cuánto tiene el libro de autobiográfico? ¿Cuántos de estos recuerdos del futuro son sus recuerdos del pasado?—Bueno, al igual que la protagonista del libro, yo también me mudé a Nueva York en 1978, también estudié en la Universidad de Columbia y también viví en el departamento que indico vive la protagonista, pero todo lo demás que sucede en la novela es básicamente inventado. Así que hay algo de mi vida, pero no mucho. —¿Y qué la llevó a querer reescribir ese algo de su vida?—Mi intención era justamente esa, contar en una novela cómo siempre estamos reescribiendo nuestro pasado. Y que no se trata solo de que la distancia creada por el tiempo tiene que ver con revisitar nuestra historia, sino que nos ofrece además nuevas posibilidades de reflexión sobre el pasado. Entonces los recuerdos adquieren diferentes significados dependiendo de la situación en la que se encuentra quien los evoca. —Una idea filosófica—Una idea filosófica, sí. 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Y Trump es la encarnación de esa fantasía racista, la manifestación de ese historial terrible y también, por supuesto, una respuesta a la elección de Barack Obama y a las modificaciones demográficas más diversas. Así que en mi opinión, el trumpismo no tiene nada que ver con la “ansiedad económica” de ciertos votantes, tiene que ver con que si vos elevás a un hombre negro a la presidencia, o si ponés a mujeres inteligentes como candidatas, el hombre blanco se siente amenazado y humillado, y reacciona.—Por último, ¿quién le gustaría que fuese el próximo o la próxima presidente de su país?—Elizabeth Warren, definitivamente. Creo que ella es por lejos la más inteligente de todos los candidatos demócratas. Tiene una gran energía, y eso que no es tan joven, es más grande que yo. Me encantará verla como presidenta de los Estados Unidos, pero lo veo difícil. A Joe Biden creo ya se le pasó el momento. 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